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jueves, 20 de agosto de 2009

El caso bucólico

Estaban sentados frente al fuego, recordando sus vidas inmortales. Desde adentro podía observarse y casi sentirse el frío que hacía afuera. Su voz recordaba con un timbre nítido aquellas historias del renacimiento. Comenzó contando, secretamente, una historia real, la suya, pero agregó un final inventado que siempre había soñado, la muerte. Es bueno soñar con morir cuando se vivirá eternamente.

“...Por aquellas épocas, se encontraba en Jericó, uno de esos jóvenes jinetes bohemios. Se dedicaba a deambular por el viejo mundo asaltando a quien quiera que se cruzara por su camino. Era realmente un hombre dedicado a la buena vida, no pertenecía a ningún lugar y en realidad nunca lo hizo; pasaba las noches en un claro del bosque con su caballo siempre ensillado, o en un hospedero de mala muerte que no le exigiera demasiado dinero. Se dedicaba a tocar guitarra o clarín, y componía una que otra sonata. Pasaba el día fume que fume, disfrutando de las buenas hierbas, y de vez en cuando reñía en un bar aledaño. Amante además del buen licor, no había para él nada que se comparase con el sabor agridulce de una mujer. Pueblo tras pueblo, asalto tras asalto, era, a fin de cuentas, lo mismo que mujer tras mujer. En realidad nunca existió pecado para él. Según había oído, el único pecado real y existente era el robo, lo demás era una derivación de él; y como su vida consistía en el hurto, no era éste, para él, un pecado sino un placer.Habiendo descrito pues, a nuestro personaje y a sus lívidas costumbres, situémoslo en una vereda, cerca de Jericó, casi en la cima de cualquier montaña. Allí se encontraba nuestro ilustre personaje tras un día de prolíficos asaltos, con sólo puesta una bota y recostado en un claro, en la hierba casi ortopédica, con la cabeza apoyada en una roca musgosa y una pajilla masticada en la boca; y para añadir un poco de romance a nuestra historia, bajo la luz cegadora de la luna, mientras vocalizaba algún poema, un soneto en vascuence; tras haber comido un banano –que era su comida casi usual en los viajes largos- y haber fumado un cigarrillo de hierba española que conservaba de su último viaje a Navarra. Las voces noctámbulas de grillos y ranas componían una sinfonía que no cesaba. Casi era como si hubiesen acordado regalarle una acogedora velada al hombre de cabellos castaños que yacía tumbado en aquella ceba.Se despertó pues, al día siguiente del ensueño que le produjo la hierba navarra, y notó que tenía el brazo izquierdo de un morado intensó, y que además le provocaba, paradójicamente, un dolor intenso a este hombre inmortal. Tenía el cúbito roto. Apuntó con un rifle a la rama de un piñón y ésta cayó provocando un estruendo que hizo volar a cualquier ave que allí se encontrase. Preparó un brebaje de rama de piñón, y lo adobó con otros ingredientes que no creo necesario nombrar. Ingirió semejante mezcla y tras varios intentos de vómito, la tragó, y en tanto, su cúbito se hubo curado.Se levantó, ya con gozo de estar sanado, y tras haberse montado en su penco, partió galopando hacia el sur. Evidentemente, realizó varios asaltos en el camino y se cobró sus fajos de dinero. De vez en cuando, cuando el peligro asechaba, mataba a uno que otro hombre, o mujer dado el caso. Todos eran peones. Matar, consistía para él en un orgullo o una satisfacción casi incomprensibles, y dadas sus circunstancias, la muerte era lo que más disfrutaba. Cada pueblo por el que pasó, fueron varios duros pagados a muchas mujeres.Y a su modo, la historia de aquél hombre tiene un final feliz, al menos para él. Nada puede ser sustancialmente malo, y menos para este actor, del que, muy remotamente volveremos a hablar. Irónicamente fue víctima de su mayor placer, una tarde violácea, en una orgía de matanzas, su cara palideció y la luz abandonó para siempre sus ojos. Su cuerpo quedó hundido bajo la escalera.”

Y tras haber dicho ese último vocablo de su historia, no hubo verbo que desgarrase la noche. Su séquito inmortal se puso de pie y se marchó sin decir palabra. Él se quedó sólo, imaginando la muerte, mirando al fuego, e inconscientemente acercándose a él.

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