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jueves, 20 de agosto de 2009

La hora de mi muerte

Faltan tres minutos para la hora de mi muerte. Todas las noches muero. A las ocho en punto. No puedo parar de pensar que sólo me quedan ciento ochenta segundos de vida. Sé que debo vivirlos sin pensar en mi muerte, pero no puedo. Me ahoga la angustia. Sólo puedo pararme, inmóvil, a tres baldosas de la puerta, a esperar el final. Intento no recordar la infancia para no llorar. Detesto llorar. Odio recordar las viejas noches de silencio, no lo soporto. Pero tampoco soporto el bullicio de mi muerte. Ahora el tiempo se mutila, recorta sus patas, ya no camina, cojea hacia mí, me suplica que lo compadezca, llora a mis pies, me suplica que le tenga paciencia. Pero él es cruel conmigo, y yo soy orgullosa y vengativa. No lo perdonaré. Porque ya faltan 10…9…8 segundos y desde adentro escucho los amenazantes pasos en el corredor. 7…6… y las llaves, presas en su círculo, cuchichean, se burlan de mí. 5…4… una puerta pesada se cierra con violencia; eso parece, pero en realidad ese ruido sordo fue una grave carcajda. 3…y los pasos se acercan a mi puerta, o a la que era mi puerta. 2… y siento cada impulso nervioso, cada movimiento muscular, el traquear de los huesos ajenos, el brazo que se adelanta para hacer timbrar el sonido que hace infartar mi corazón, el sonido que yo identifico como el de la muerte. Mis latidos aumentan, la presión de mis venas es insoportable y me hincha la cabeza, estoy a medio segundo de una apoplejía. 1… Llegó la hora. Es el final. Ya no hay silencio, ya es pura bulla, puro ruido contaminante; lo oigo afuera y adentro, porque por más que intente concentrarme puedo oir la sangre reventar las arterias, constreñirse mi aorta; ya es oficial, lo siento, y estoy muerta. ¡No! ¿Dónde estoy?, veo todo negro, ahh! Ahí está el tomate, y ahí la carne, pero que rápido se fue, no pude comer, no llegué a tiempo. No, no llegué porque ya estoy muerta y los muertos no caminan, pero nadie se ha dado cuenta. Creo que estoy en una iglesia, pero no me agrada la idea, siempre las aborrecí, aunque para cualquiera podría ser una bendición ir a la iglesia cuando se muere. Para mí es un castigo. Lo baldío pasó a ser un trigo que sabe mal, porque ya no me gusta más este lugar tan frío. El aire entra por la puerta eclesiástica y eso me enferma más. Intento embutirme todo de una vez y salgo corriendo a mi encierro, para ver si vuelvo a respirar. Aire fresco, un poco contaminado, pero ya me siento como un pez marino que mordió un anzuelo, se desangró ante las risas de la gente, y ya agonizante, aunque con un poco de vida, lo depositaron en agua dulce; agua es agua. Empiezo a revivir, pero ya no es igual. Sólo cuando el reloj digital marque las doce, volveré a nacer, y el tiempo y yo nos conciliaremos otra vez. Entonces será un nuevo día en que el crepúsculo comienza faltando tres minutos para las ocho.

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