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sábado, 25 de septiembre de 2010

Cádaver exquisito

Cádaver exquisito con Daniel Paniagua
Julio 07 / 2010

Estaba cansada de la misma rutina. Siempre se levantaba con el dolor bajo en la espalda y con un mareo embarazoso. Siempre era la misma cara en el espejo. Algunas veces más blanca.

De todos modos no importaba demasiado, el desprenderse de sí es un proceso lento y doloroso, tal y como el amor, tal y como la muerte. La tarde era casi normal. Lo que no concordaba era su ausencia, que olía a rosas y a pegamento para paredes. También un poco a trementina porque ese es el olor de los artistas. Él pintó mis paredes con crayolas y nunca nada borró eso. Ni los avisos en papel periódico del teatro. En mi casa dejó las cenizas de decenas de cigarrillos, pero todas las botellas de vino aún se conservan. Las copas están en la mesa, la mesa está puesta, pero ya él no cocina para mí.

Parece un cuento de no acabar. Todo lo que nos ha pasado es cíclico. Lo malo es que no nos enteramos y nuestra vida sigue tal cual; como cuando el perro se persigue la cola y se sienta creyendo que no es parte de él. ¿Pero qué más queda? Si es que somos así. O sí no, me rindo. Ya estoy cansada de averiguarlo. No sale en los diarios, no sale en la tv, no sale en la radio. Ni siquiera en los rostros de la gente en el tren logro definir cómo somos, cómo soy. No logro desnudar la naturaleza humana. Lo más cercano son los pétalos de las flores y la poesía. Soy una novela sin título. Una mancha en el papel, la última solución de un químico, una cometa sin piola, un computador sin internet, Julia Roberts antes de Pretty Woman. No hay nada qué hacer. «Lleváme con vos», le dije. Pero el único resultado de mi súplica fue un “Ya no hay tiempo para eso”; luego me besó la frente y se dio la vuelta para no ver la lágrima en mi mejilla. Cerró la puerta. “Adiós”. Me quedé en la penumbra contemplando sus fantasmas infinitos que poblaron este lugar por tantas noches. Los besos en el mesón de la cocina aún podía olerlos cuando me deshice en el piso a llorar. Cada respiro que tomé en esa casa olía, sabía como él, como nosotros. Ya no importó más ni el tiempo, ni las cicatrices, ni su ausencia, ni su cáncer, ni los tres meses de quimioterapia, ni su vacío funeral.

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