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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Carta directa a tu fantasma

Depurarte siempre hace todo más difícil. Nunca es bueno hablar con nadie de lo que nos pasó. Creéme. Siempre agudiza más el dolor, hace parecer todo más reciente, aviva la herida, y sobre todo, revive el sufrimiento. Y a pesar de eso, hay veces en las que es necesario. A veces me quedás jodidamente grande. Tené en cuenta que soy un puto vacío. Y que todo lo ocupás vos. Y aún así, me seguís quedando jodidamente pesado.
Yo te aguanto cierto tiempo. Algunas veces entramos en una relación de comensalismo y tu fantasma vaporoso se alimenta de mi sangre; incluso algunas veces es mutualismo porque te uso para escribir, para inventar, y para decir mentiras. Algunas veces te uso para cometer el único error semántico que me permito: una coma antes de la “y”. Pero otras veces, muchas veces, la mayoría de las veces –y no tiene que ver con mi regla; siento tanto hablarte de asuntos de mujeres – no te soporto y se me agota la paciencia. ¡Te tomás demasiada confianza! Y bien que te he permitido bastante. Te di copia de las llaves de la casa y una alcoba bien amueblada, pero vos querés todo ¡lo querés todo! y no te basta nada. Te imploro en buen tono que te largués. Que te vayás de una vez. Pero vos insistís y decís que todo va a salir bien, que en unos meses no notaré tu presencia. Yo, a decir verdad, siempre actúo como si te creyera –porque ya sabés que soy bastante cobarde para derramar ese líquido salado que sale de los ojos – pero nunca te creo una palabra.
Ganás. Ganás vos. Nunca me repondré de esto. Encendé la tv y actuá como papá a fin de que no te note la presencia. Bajale el volumen que yo me meto entre las cobijas y enciendo el radiador. No, no estoy llorando. Andá, seguí en lo tuyo. No son lágrimas, que no. Ya te dije que soy bastante cobarde para eso.
Permitime entrar amigos a la casa. A fin de cuentas sos sólo un fantasma y la única que sabe que vivís aquí soy yo. Ninguno de ellos notará que existís. ¿No me dejás traer hombres a la casa? ¿Pero si es mi casa? Porqué. Mierda. Los espantás siempre. Joder. Dejate de juegos. Nadie sabe que existís, sos transparente –para mí azulado; pero soy la única que lo ve así - , para qué insitís en hacer notar una presencia tan sublime. Amigas tampoco, excepto si es para hacerme doler la garganta a fuerza de retener lágrimas, o para envidiarlas por ser todas aptas para enamorarse y librarse de fantasmas.
Ya te quedás aquí gratis, encima te doy el alimento, no te exijo y tampoco te he puesto reglas. Qué más querés. Estoy cansada de este juego. Ya te dije que sos el único. Ya lo sabés de sobra. Cerrá la puerta y lárgate. Siempre serás el único. Siempre serás el que me despertó. Siempre serás la única melodía. Samson. Quién querás ser, podés ser. Serás la esquina en que nos besamos y que cruzo cada día. Serás el aire de mis días. El agua que me baña. El amanecer rosa que contemplamos. La foto que iluminamos. La arena en la que escribí nuestros nombres. Serás mis libros de Neruda. Serás mis acuarelas. Mi pared, mi cama, mi almohada. Serás el teflón de mi sartén. La hamaca de mi cabaña. La brisa de la playa. Serás las olas del mar. El ritmo de la poesía. El acorde sol de mi guitarra. Serás el timbre de mi voz. Serás la canción “Take my heart”. El chocolate que me endulza el día. El perfume de mis camisas. Las notas de amor. Los esbozos de mis libretas. El nombre en la última página de mi cuaderno. Serás una tarde cocinando Muffins. Serás el atardecer, el amanecer. La tinta de mi tatuaje. El brillo de mis ojos. La reacción química de mis fósforos. Una tina caliente. La esencia de mi vida.
Si no quedás contento con eso, serás también la nostalgia de mis días, el insomnio de mis noches, la llave perdida hacia mi conciencia, la memoria que perdí, mi conocimiento olvidado. Serás lágrimas saladas. Serás la sangre que brotará de mis poros cuando muera, susurrando, por última vez, clara y ciertamente tu nombre.
Llevo más de quinientas noches pensándote, -aquí iría la palabra ‘cariño’, pero nunca fui buena para usar sobrenombres tiernos – y por primera vez quisiera dormirme y levantarme con la certeza de que no habrá nada de vos en mi día. Es cierto, que he despertado pensando en otros hombres. No fui célibe en un año y medio. Pero en el pasar del día te encuentro en colores, en lugares, objetos, personas inesperadas. En piedras insignificantes, en la nota de una canción, en el aire del día. Casi siempre en el ocaso. Casi siempre en mi melancólico insomnio en el alba.
Te regalo unas vacaciones –qué más quisiera que yo sin pasaje de regreso - : disfrutalas. Sin mí. Enamorate como lo hizo hace tiempo tu cuerpo real. Enamórate de otro fantasma, de alguien de tu naturaleza, y permitime a mí el privilegio de enamorarme de alguien de la mía: un humano de carne y huesos reales, con una boca real, con ojos reales, que emane un perfume real, que tenga defectos reales, que me ame dentro de este espacio y tiempo reales. Andá, volá, sé libre. Enamórate de un fantasma envenenado que te hunda y te pudra como me pudriste a mí. Mentiras. Ojalá no. No le deseo tal suerte a mi inquilino de año y medio. No te deseo más que libertad. Y merezco lo que te deseo. Deseo libertad. Soltame que no quiero ser rehén dentro de mi propia casa. Hogar no soy ahora. Me redujiste a vana construcción arquitectónica. Dejá que me habiten espíritus puros, no fantasmas contaminados.
Para mí es difícil. Lo sé. Lo sabés. Claro que lo es. Sos la inspiración de todo lo que hago. Cuando ya te hayás ido, no quedará nada. Sabés que me embargarán la casa, tarde o temprano vendrán. Sabés que no volveré a escribir en un buen tiempo. Sabés que tendré que agarrar fuerte mi pecho a fin de que no se comprima por el vacío. Que mi cabeza será una jaula vacía para pájaros. Pero no importa: tomo el riesgo de ser un vacío. Porque quiero llenarlo con colores, con esencias humanas y no con escombros espectrales. Te necesito porque sos mi elemento. Te necesito para identificarme con las historias que trae el mundo, con las películas, con la música. Te necesito para presumir -y a veces lamentar- que me enamoré. Dolerá, claro que dolerá. Duele el proceso de cicatrización. Pero duele la herida abierta y vuelve a doler cuando te menciono y revivís. No me besés antes de salir. Hacelo ahora. Vete. Es tu oportunidad y es la mía. Enamorémonos, de otro, de otros. No guardemos, no retengamos, no recordemos. Nos contamina. Viví y dejá vivir, volvé a la vida, donde está tu cuerpo que alguna vez me dio besos reales. Dejá a mi alma sola dentro del mío, que seré besada por hombres reales de nuevo. Pero no quiero pensar que están besando tu fantasma, nos duele. Tenían razón: el amor es como el fuego ¡Cuánto arde! Cuánto me quemás la piel, cuánto inflamás adentro. Vete.
Te escribo. Te escribo directamente porque aunque vivás en mi casa, hace más de año y medio que no te miro a los ojos. Vos sos Sartre, y yo una pasajera más de un bus que se sube para ir a casa y baja la mirada ante el poder intimidante de la tuya. El infierno son los otros. Empacá esta carta en tu maleta, y no volvás.
Siempre. Siempre. Siempre.
Hasta el otro lado.
P.D. Te amo.

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