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martes, 9 de noviembre de 2010

Para mí, aquello fue la muerte de Mí-misma, y tuve que acostumbrarme a vivir sin ella.

Así como cuando muere el padre, así como cuando se va para siempre el amor verdadero. El cuerpo se resigna a vivir sin esa esencia.

Mí-misma murió cuando mi cuerpo aún era bastante joven y tenía la piel blanca y los ojos brillantes. Entonces, con el tiempo, fantasmas de otras épocas y otros espacios fueron mudándose para llenar un vacío que era frío y oscuro. Mi cuerpo se atestó de identidades. Como quien pierde a su eterno amor y se revuelve en la promiscuidad.

La muerte de Mí-misma fue lenta -y dolorosa-. Una enfermedad terminal que llegó un día sin avisar. Mi propio cuerpo -y a veces también el de Mí-misma- condujo a todo esto.

Algunas veces me asalta la culpa, no tiene sentido negarlo. Pero siempre es fácil evadirlo -diferente es olvidarlo- entre tantas falsas identidades que me habitan. Siempre son el vino, la pasión o el cigarrillo los que distraen el cerebro del recuerdo de la muerte de Mí-misma, y de la muerte de mi padre, y de la muerte de mi amor verdadero. Todos se han vuelto, ciertamente, espectros azulados de un pasado que no existe, no ahora.

Será la poesía, serán los demonios, serán mis fantasmas los que ahora me ayuden a olvidar su muerte, la de Mí-misma, y la de él, porque ella lo llevó consigo de la mano hacia ese lugar envenenado -más envenenado que mi propio cuerpo- que es el inframundo.

Pero, qué más da, si ya estoy bastante enamorada de mis propios demonios.

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