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viernes, 22 de abril de 2011

Sueño

Me agobian el dolor, la desesperación cuando estoy sola. Cuando me descubro sola, más que nada. No sé si es una causa de mi falta de sentido de realidad o si en verdad sufro de cierto tipo de desorden mental, perdón, de enfermedad mental –puesto que en orden, evidentemente, en mi cabeza no hay nada – o si simplemente me lo creo a tal punto que el cuello se me tuerce, me duele la nuca, intento traspasar paredes para comprobar que esto es un sueño, cargo un balín en mi bolsillo como prueba de que conservo mi conciencia, me desmayo cuando enciendo la luz blanca de mi cuarto en la madrugada, siento una corriente eléctrica por la vena izquierda de mi cuello –no me interesa averiguar ahora mismo si es la aorta o la yugular, me perdí la lección de anatomía y es un ciclo que probablemente Google no cierre por mí – , intento volar despierta, lo consigo a veces, siento miedo todas las noches antes de acostarme, deliro que no soy yo la que me habito sino un monstruo que duerme con un solo ojo abierto, compruebo tener mis manos en su sitio habitual, cada tres pasos que doy hago un aceptable pirouette, me engaño y no me remuerdo la conciencia, que está encerrada en una esfera metálica que no puedo masticar, vuelo sobre azules tejados japoneses, desemboco en el mar. No, no… Basta. Así no es. Estoy cuerda, me levanto cada mañana tras ocho intentos fallidos de alarma. Finjo que estudio, veo un par de películas para olvidar ese dolor corporal que siento cuando me incorporo y trabajo, enciendo el ordenador, reviso mensajes seguramente reales que provienen de gente real, pierdo la emoción, me siento frente al lienzo, un par de pinceladas, pienso en Hitler, en Himmler, en Band of Brothers, vuelvo a mezclar el blanco y el negro, humedezco el pincel, lo descargo junto con una extraña sensación en una tabla que estaba destinada a ser basura y que la parte más humana de mí, la más elocuente, la más objetiva, dócil, buena, desea convertir en obra maestra, y luego me entran tenaces ganas de un café, abro el grifo, lleno la cafetera, enciendo la estufa, bajo el café, espero a que se enfríe y mientras tanto miro hacia donde no veo por la ventana, miro adentro, miro allá adonde nadie ve, pero miro y eso es lo importante, eso es lo más real. Miro y pienso. Y pienso todo el tiempo. En Hitler, en Himmler, en Band of Brothers y en la buena actuación de Joe Black pero en la pésima producción de tres horas. Pienso en el pasado. En mis trece años que vuelven ahora como un perro callejero mal acostumbrado a tocar a mi puerta, en los diecisiete, en los que no me acuerdo –o no me quiero acordar – cuando me enamoré de él, en los de ahora y en los próximos diez, o veinte o treinta. Pienso en todo lo inconcluso. Pienso en India y en mi vida pasada, en Krishna y muy pocas veces recuerdo cantar el Hare-Krishna, y olvido los cinco principios de vida Reiki, que bien podrían facilitarme todo, o tal vez no, puesto que volver a lo básico cuesta más que exagerar y agrandar la realidad, la locura. De nuevo, pienso en él, en su foto imborrable de mi memoria y que he perdido, y en Hitler y Himmler y Band of Brothers, y en mis trece y mis treinta y todo se mezcla, se separa y se repite como una amnesia infinita, como la Sammy Jankis, como un vinilo estancado en el mismo ciclo de la aguja. Pero son recuerdos, y ese es el único hecho que me hace humana y real, cuerda. Los sueños, de la parte de mí que olvida ser normal, no son recuerdos, sino creaciones a fuerza de mucha concentración para expandir mi conciencia y crear escenarios y crearme a mí y a mis manos y ponerlas en el sitio que les corresponde. Fluir. Me olvido de fluir y lo hago todo el tiempo. Como ahora. Pero lo recuerdo y me atoro donde no debo, en la mitad de la cordura y la locura, en un limbo infinito que habito. Así es. El limbo. Un lugar que, a pesar de estar arquitectónicamente bien dotado, sociológicamente poblado y psicológicamente rico, yo veo blanco la mayoría del tiempo y no me hallo. Es tan infinito que me desespero de tanto correr porque no sé si lo que está enfrente es una pared o un campo abierto. Alguna vez encontré una salida, un tobogán, el encordado de un teléfono y me deslicé hacia un lugar desconocido. Y conté los días, las horas y hasta conté mi vida a alguien, entera, completa, sin censura. De pronto el pitido del otro lado comenzó intermitente y rápido y me devolví a ese lugar al que no conozco, o que tal vez conozco tan bien que no deseo ver edificios ni gente ni mentes reales, sino vanas proyecciones en un habitáculo blanco e indefinidamente infinito. Y maldigo el vacío existencial que nos separa, a un cuatro y un cinco, ambos al borde del colapso, supongo, y sin un puente para cruzar, más que la Gloria Divina que está allá tan arriba, como una suma perfecta de todos los colores, un blanco exquisito, algo que no sé si esté dotada para escalar puesto que su punto opuesto está justo debajo de mí: el vacío negro. Lo único blanco que conozco es un limbo que no me pertenece y que, de hecho, no es seguro que sea blanco porque puede ser simplemente un producto de mi mente. ¿Lo es? No, no lo es. ¿Lo es?... No me conozco lo suficiente y eso me asusta. Pero entre más me conozco, más me asusto. La única ventaja, es que si me conozco tengo dos opciones: lo dejo o lo cambio. Quien no se conoce no tiene opción. Siempre es mejor elegir, Sartre nos condenó. Y yo elijo, por hoy, no elegir.

3 comentarios:

Leo dijo...

Me ha gustado la fuerza que pones en cada frase, los sentimientos que estas encierran, es un bello aunque desolado escrito que te pasea por un mar de sensaciones.
Ojalá que en algún momento de este o cualquier otro día, puedas elegir sin necesidad de conocerte totalmente.

"Las personas vivimos solo para pequeños momentos de júbilo"

¡Un abrazo!

DAVID dijo...

Es una intuición de la naturaleza del artista, un inconforme que no esta contento con la locura y lo estereotipos, con la barbarie, con sigo mismo. se siente extraño, experimenta lo que Vallejo llama, la desazón suprema.
GRANDE LINA!!

X. dijo...

¿Y por qué le da miedo antes de dormirse?